Caperucita Roja

Sarah Blakley-Cartwright
Basada en un guión de David Leslie Johnson
Introducción de Catherine Hardwicke
Novela
Alfaguara. 2011.
ISBN: 9788420407449
9788420494494 (epub)

«Desde las imponentes alturas del árbol, la niña podía verlo todo. La adormilada aldea de Daggorhorn se extendía allá abajo, en el lecho del valle, y, desde lo alto, parecía una tierra lejana y extraña. Un lugar del que nada conociese, un lugar sin picas ni espino, un lugar donde el temor no merodease como un padre angustiado.
[…]

Valerie miró más allá de sus pies desnudos que se columpiaban suspendidos en el aire y se preguntó por qué había subido hasta allí. Por supuesto que no se lo permitían, pero esa no era la cuestión. […] Había trepado tan alto porque no podía respirar abajo, en el pueblo. Si no salía de allí, la infelicidad se instalaría en ella y se amontonaría como la nieve hasta enterrarla.

[…]

Al observar su tenue silueta descabalgar para dirigirse a devolver el caballo, Valerie sintió el pecho atestado, como si tuviera demasiado dentro, como si algo intentase echar raíces y crecer allí. Quizá fuera eso lo que se sentía cuando te enamorabas.

[…]

Oyó un sonoro crujir de ramas y miró a su alrededor. Al no ver nada, miró al cielo, a la maraña de follaje sobre su cabeza. Entre ellas, había porciones de noche visible, y pudo presenciar cómo las nubes se volvían frágiles en el cielo y derivaban en la nada. Dos nubes quedaron, sin embargo, y se abrieron para enmarcar la luna. A Valerie le llevó un instante darse cuenta de que era una luna llena. Y roja. […] Luna de sangre.

[…]

El tercer tañido de las campanas de la iglesia permaneció suspendido en el aire, y todo se detuvo. Alguien había muerto en la aldea. Valerie se quedó paralizada.
Dong.
Una cuarta llamada hizo añicos el silencio. El mundo se laceró, abierto, expuesto en carne viva. Peter y Valerie se miraron el uno al otro en plena confusión, al principio; y después en una horrible consciencia.[…]

El cuarto repique solo significaba una cosa: ataque del Lobo.

[…]

Sin saber cómo había sucedido, el Alguacil vio ante sí su propia daga en su mano. Se erizó el pelo en el cuello de la bestia, y la perniciosa baba de su horrendo morro goteó estruendosa contra el suelo de la cueva. Los ojos del animal se encontraron con los suyos. Se detuvo el tiempo. Y el monstruo se abalanzó en un arco sobre su siguiente víctima.

[…]

Su mirada de sospecha se posaba sobre las gentes que conocía de toda la vida. Entonces se dio cuenta de que ellos tenían sus ojos clavados en ella. […]

—Cerrad la aldea con barricadas —ordenó el padre Solomon—. Apostad hombres en cada una de las puertas del muro del pueblo. No saldrá nadie hasta que matemos al Lobo.

[…]

La voz de Valerie se bloqueó, asombrada por la temible belleza de aquello, de ser tan amada. Se emocionó de culpabilidad y orgullo ante la idea de su propio poder, ante la idea de que alguien la amase hasta el punto de matar por ella.»

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